Excelentísima Señora Annalena Baerbock, Presidenta de la Asamblea General,
Excelentísima Señora Embajadora Aida Kasymalieva,
Excelentísimo Señor Embajador Peter Hulényi,
Mi amigo, el señor Jean Todt,
Embajador Thapa, Presidente del ECOSOC,
Excelencias, queridos colegas y amigos:
Permítanme empezar con una encuesta.
Si alguno de los presentes en la sala se ha visto envuelto alguna vez en una colisión de tránsito, que se ponga de pie.
[ESPERA A QUE LA GENTE SE PONGA DE PIE]
Tengo otra pregunta para las personas que están de pie:
Si han perdido a un ser querido en un accidente de tráfico, o si sufrió heridas graves, les ruego que se mantengan de pie.
[ESPERA A QUE LA GENTE SE MANTENGA DE PIE]
Prácticamente todos nosotros. Muchas gracias, pueden sentarse.
[ESPERA A QUE LA GENTE SE SIENTE]
De un modo u otro, la seguridad vial nos afecta a todos.
Lo veo hoy en esta sala, y también lo siento.
El año pasado, más de 1,1 millones de personas perdieron la vida en carreteras de todo el mundo. Eso equivale a más de dos defunciones por minuto.
Estamos hablando de 1,1 millones de personas que emprendieron un viaje, para ir a trabajar, o a la escuela, o de compras, o a visitar a familiares o amigos, y que nunca llegaron a su destino.
Un padre que jamás volvió a casa para cenar. Un niño que nunca llegó a la escuela. Un amigo que jamás pudo despedirse.
Vidas truncadas en un instante.
Los supervivientes conviven a menudo con unas heridas que les cambian la vida, y cuentan con el apoyo de familias que se ocupan de ellos, que lloran con ellos y que avanzan a su lado.
El balance resulta todavía más sobrecogedor si tenemos en cuenta que cada una de estas defunciones y lesiones era evitable.
Detrás de cada estadística hay un nombre, un rostro, una historia. Les debemos pasar a la acción.
Resulta alentador comprobar que hemos realizado verdaderos avances juntos.
Desde 2011, el número anual de defunciones en las carreteras del mundo ha disminuido un 9 %, y la tasa de mortalidad ha caído un 21 %.
En todas las regiones encontramos noticias prometedoras.
México ha elevado la movilidad segura a la categoría de derecho universal.
Zambia ha intensificado la recogida y el análisis de datos.
Tailandia ha reforzado la atención de urgencia.
Viet Nam ha adoptado leyes y regulaciones estrictas.
La nueva estrategia de seguridad vial del Reino Unido fortalece la gobernanza y la rendición de cuentas.
Y los Emiratos Árabes Unidos fue uno de los diez países que, en un decenio, han reducido a la mitad las defunciones por accidentes de tránsito.
La Declaración de Marrakech adoptada el año pasado está impulsando los avances.
Y este año entró en vigor el primer marco de seguridad vial jurídicamente vinculante de África.
Juntos, hemos demostrado que el desarrollo no significa, ni debe significar, más muertes en las carreteras.
Pero eso no es suficiente.
Los siniestros de tránsito son la principal causa de mortalidad entre los niños y los jóvenes de 5 a 29 años.
Cada una de esas vidas jóvenes tenía un futuro. No podemos aceptar que se pierdan mientras se dirigían a disfrutar de ella.
Nuestro objetivo es reducir en un 50 % las defunciones para 2030.
Y llegados al ecuador del Decenio de Acción para la Seguridad Vial, el tiempo de los discursos se ha terminado.
Hay que pasar a la acción.
Eso es lo que pretende lograr la declaración que hoy adoptan. Quiero dar las gracias a Kirguistán y a Eslovaquia por su liderazgo durante las negociaciones.
Felicito a los Estados Miembros por los compromisos que están adquiriendo:
Para adoptar estrategias nacionales audaces que incluyan metas, plazos y presupuestos;
Para establecer organismos rectores en la esfera de la seguridad vial;
Para mejorar datos, leyes, reglamentos y el cumplimiento de la ley;
Para fortalecer la seguridad de los vehículos y las infraestructuras;
Para gestionar la velocidad;
Para mejorar la rehabilitación y la atención traumatológica;
Y para garantizar un transporte público seguro, asequible y accesible.
El Plan Mundial para el Decenio de Acción muestra el camino a seguir.
Construir unos sistemas viales seguros es complicado.
Requiere un cambio de paradigma para dar prioridad a la seguridad.
Significa diseñar calles anteponiendo las personas a los vehículos motorizados.
Significa aceptar que las personas cometen errores y adoptar medidas para velar por que esos errores no sean mortales.
Significa hacer más para proteger a las personas que van a pie, en bicicleta o en moto, porque la vida de cada una de ellas importa tanto como la de cualquier conductor.
Esta tarea no solo atañe al sector de la salud. Espero que coincidan conmigo en que todos tenemos una función que desempeñar.
Las empresas deben hacer de la seguridad el eje de sus operaciones.
Las instituciones académicas, la sociedad civil y los medios de comunicación deben generar evidencia y pedir a los líderes que rindan cuentas.
Los movimientos juveniles deben exigir medidas y ayudarnos a adoptarlas, porque demasiado a menudo es esa generación la que paga el precio más elevado.
Si hacemos todo esto, la recompensa será extraordinaria.
Unas calles seguras pueden reportar grandes beneficios para la salud de las personas y del planeta.
Cuando la infraestructura es segura, más personas optan por caminar o ir en bicicleta.
Cada paso, y cada trayecto en bicicleta, reduce el riesgo de cardiopatías, diabetes y cáncer.
Y cuando les ofrecemos esa posibilidad, más gente se decanta por el transporte público.
Esto significa un aire más limpio y más fresco, menos congestión y unos espacios públicos más animados.
Abre la puerta a empleos, escuelas y oportunidades.
Impulsa la transición ecológica y garantiza que más personas vivan más años y lleven una vida más saludable y feliz.
Todo esto es posible si pensamos en primer lugar en las personas y la seguridad.
Excelencias, queridos colegas y amigos:
En un mundo turbulento y cada vez más dividido, unas calles seguras es algo en lo que todos podemos estar de acuerdo.
Podemos coincidir en que todo aquel que emprende un viaje, para ir al trabajo, a la escuela, a ver a los seres queridos, debería llegar a su destino de manera segura.
Que esta declaración sea algo más que meras palabras impresas en una página.
Que sea una promesa, para cada familia que hoy está aquí y para cada familia que no está en esta sala pero que convive con una pérdida.
Podemos hacer que suceda. Así que hagámoslo juntos, por ellos.
Muchas gracias.